jueves, 27 de agosto de 2009

Anónimo

Me partía el corazón salir cada mañana y verlo en la esquina pidiendo limosna.
Apenas podía caminar; alguna enfermedad o los años tal vez, le habían dejado las piernas chuecas y débiles. Aún así se paseaba impasible entre los coches.
Lo primero que noté cuando lo conocí fueron sus expresivos ojos azules, enmarcados en un rostro surcado de arrugas y cicatrices... huellas latentes de los momentos acumulados en su historia.

Yo siempre iba retrasada para llegar al trabajo, pero con antelación preparaba las monedas que le daría al encontrármelo en el cruce de la avenida.
Lo recuerdo más claramente en invierno; sentía el contraste de su mano helada y áspera al estrecharla en el saludo, con la calidez y la suavidad del beso que dejaba en la mía al despedirse.
"Que Dios la bendiga, niña bonita" - me decía.

Me intrigaban muchas cosas de su vida; supe que pedía ayuda desde muy temprano para poder llevarle algo de comer a la compañerita, pero nunca le pregunté nada más. Nuestras conversaciones no duraban más de un minuto, sin embargo aprendía tanto en esos pocos segundos!
Cuando el frío arreció, le obsequié unos guantes, gorro y bufanda. Tengo bien presente la mueca de júbilo y el brillo de su mirada al recibirlos. Sin percatarse quizás que él venía regalándome desde tiempo atrás, cosas inmensamente más valiosas...

En breve comenzaron las ausencias. Extrañaba la sonrisa sincera de ese viejecito anónimo cada mañana, y lo peor era que no sabía con quién o dónde averiguar su paradero.
Un día por fin, vislumbré su endeble figura a lo lejos. No estaba aún tan cerca cuando pude adivinar en su rostro la tristeza de quien sufre un terrible agobio. No me equivocaba.
-¡Ay niña... se me fue la compañerita! -exclamó entre sollozos en cuanto me tuvo enfrente.
No pude más que abrazarlo y dejar que se desahogara como un niño pequeño.

Después de dejarlo lloré yo también. Lloré al percibir en el anciano el desaliento inequívoco de quien piensa abandonarse a la muerte ante la pérdida tal vez, del único aliciente que le quedaba en la vida. Y lloré porque de cierto modo lo comprendía.
Seguí viéndolo de manera esporádica un par de meses más, hasta que de pronto su ausencia se hizo permanente.
Luego me enteré que falleció no mucho tiempo después que la compañerita; hasta la fecha no sé en qué condiciones o circunstancias.

Es curioso que siempre quise saber más sobre ese personaje desconocido, ahora estoy segura que supe todo lo que necesitaba...

3 comentarios:

Itzamá Enríquez Íñiguez dijo...

Dicen que tomar una foto es contener la respiración, pero algunas veces el mundo puede ser mejor, si en lugar de un disparo intercambiamos un saludo.

Dean dijo...

Vaya, me has dejado de piedra con esta historia tan impactante y bien contada. Qué dura es la soledad, y si llega en una época tan difícil, se vuelve fatal.
Un saludo.

Anónimo dijo...

*: Entre disparos y saludos he aprendido bastante, a decir verdad :D

Dean: sí... por ahí han intentado convencerme con el argumento de que uno llega solo y solo se va; pero eso no deja de parecerme un cuadro muy triste (sobre todo si es por elección propia).
Saludos pa tí tmb!