domingo, 12 de julio de 2009

La danza de los monos

Dolce V: verdad que una onda de amor nos atraviesa?
A.A:
uhm... yo diría que más bien es una onda de deseo (...) pero vieja tenías que ser.
Cierta conversación nocturna en el messenger


Se necesita predisposición para que algunas cosas resulten...
El caso es que después de toda una vida de permanecer pasiva (indiferente y mal educada cuando he tenido pareja) frente a la situaciones de ligue, por fin el otro día me decidí a ser proactiva, incluso.

Desde que entramos al bar en el que caímos I y yo después de vagabundear un rato, me puse en el mood juego de caza.
Mi amiga y yo, nos encontramos por casualidad con otros amigos ahí y sin previa invitación, agandallamos la mesa contigua. Al instante, puse sonrisita socarrona y mirada inquisitiva, preparándome así para la cacería.
Primero capté a un chico de sombrerito de pachuco. La neta este fue accidental; sin mucha intención, jiji.

La intermitente danza por nuestra mesa y hasta eso el tipo decente; nada de miradas lascivas o aires donjuanescos, todo muy light. Me provocaba más una conversación amable y amistosa, que bailar un vals de flirteo con él.
De pronto, en algún momento apareció en escena un cejudo de ojos pizpiretos. Ya ni supe onde quedó el pachuco. La inexperiencia en estos menesteres del ligue, hizo que reaccionara hasta después de varias ya-nada-discretas miraditas y sonrisitas de su parte.

Creo que incluso mi reacción fue claramente notoria, porque de volada I me hizo la pregunta obligada: "tas ligando vedá?". Pues sí, como ella misma me lo dijo algunas semanas antes; de vez en cuando hay que sacar a pasear al instinto.
Debo confesar que el jueguito me estaba resultando bastante divertido. Pero como es costumbre, mis ansias descartadoras-controladoras pronto se hicieron presentes, a pesar de estar consciente de que esto sólo sería un pasatiempo sin mayores consecuencias.

"Sí, muchas miradas muchas miradas, pero el cejudo está notoriamente borracho... lo que le quita validez a casi cualquier acción" (es sabido que un borracho le puede coquetear hasta al cesto de basura donde vomita); "Se siente superman porque está con sus amiguitos, seguro que estando solo tendría la vista clavada en el piso todo el tiempo"; "No da señal alguna de percatarse de la buena música que tenemos de fondo" -punto esencial de mis categorizaciones intolerantes-; "No conversa, en los vistazos que le he dado su boca siempre está pegada a la botella de cerveza" uhm... hueva.

Momentos después, los amigos con los que estábamos partieron del sitio, lo que nos convirtió a I y a mí en dos mujeres solas y desamparadas.
Aprovechándose de nuestra vulnerable situación, cejas lindas y uno de sus amigos ("el que me van a enjaretar a mí" -me dijo I entre asustada y resignada) comenzaron a acercarse peligrosamente a nuestra mesa.
No sólo se acercaron, sino que se sentaron en el lugar recién desocupado por nuestros amigos, para con cierto aire de galanura mal ensayada preguntarnos si la mesa estaba disponible (uff, pregunta obvia y requete original! chale).

Mi interés se perdió en automático. Digo, que cruces miradas y sonrisas con un extraño a 2 metros de tí, es mucho más emocionante que tenerlo a medio metro, a sabiendas de que no estás ni pizca interesada en interactuar más allá de los sucesos inocentes anteriormente relatados. Y mucho menos con humo de por medio (awww, además fumador!). Estaba incómoda ya; me atravesaba la idea de que intentaran hacernos conversación porque sabía que tanto I como yo tenemos muy malos modales cuando alguien nos llega a nefastear... y pos hacerme la amable solo por la obligación de continuar el juego, como que no.

Afortunadamente, llegó otro más listo que ni permiso pidió y se sentó no en la mesa de al lado, sino en la nuestra. Viejo conocido de la vida y del amor indirecto, con el que compartimos el resto de la noche hasta que nos cerraron el lugar...
Pronto cejas y compañía perdieron el ánimo de socializar con las vecinas, e hicieron mutis después de un rato. Cuando se dirigía a la salida, mi fugaz conquista me dirigió una última mirada; ambos hicimos el acostumbrado ademán de despedida con la mano y articulamos un casi inaudible adios, nuestra única palabra de la noche...

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